martes, 14 de diciembre de 2010

¡Oh querido 8, siempre tan erguido y confuso! Todavía recuerdo aquel día que te vi acostado; en pose de relajación yogui; desparramado por el suelo desmayado de grandeza, como si fuera ayer, mejor dicho, como si fuera hoy, ahora. Y, ¡Uff!, memorable el día de pensamiento amplio que pasamos juntos, recuerdo muchas veces haber dicho "y... ¡¿Qué importa?!" en tu nombre, tu recostada escencia me dió los primeros rayos de luz. Mirar a donde quiera que sea, y verte en ello, verte profundo en un sinfin de posibilidades en cada artefacto, objeto, ser, planeta, elemento, partícula. Que exitante momento de inspiración al descubrirte en todo. Al notar lo que luego entendería como el Todo. ¿Qué más luego? ¿qué más? ¡si no hay luego!. ¡Tampoco antes!. Y respiré mirando al vivificador de esta roca, un día candente como aquel. Sentí para luego olvidar, y para saber que encontrar el camino hacia el sol no depende de nadie ni nada más que de cada ser pensante:
"Cada uno saldrá por las suyas" (tanto lo insultan al decidor de esta frase, nada tiene que ver con la basura que lo representa desde que partió de este planeta. Si supieran que dijo esa frase y analizaran un poco las cosas, entenderían). No hay nada que pagar, nada que deber, nada que pedir, nada. Solo el vacio, solo nosotros. Individualmente nosotros. Que la luz del amanecer, suave y visible como la belleza de las flores en el septiembre sureño, nos irradie hasta el septimo punto donde la energía converge y nos arropa. Nos hace sentir con propósito. Y una vez lejanos ya de tanta oscuridad que nos embelesa, toda la vacuidad se llena de amor. Y alcanzamos ese numero hermoso, te alcanzamos 8, pero bueno, acostado, claro. Nos fundimos.

"¡Infinito puntito rojo, te gane!"

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